Cartagena de Indias, Colombia. Foto tomada de nationalgeographic.com.es

Cartagena de Indias, Colombia. Foto tomada de nationalgeographic.com.es
Cartagena de Indias, Colombia. Foto tomada de nationalgeographic.com.es


Cada semana dejo mis poemas como una forma de establecer un diálogo abierto y de puro sentimiento con todos ustedes que me leen y me estimulan a continuar en esta aventura de hacer cultura. Cada visita, cada palabra de ustedes es un paso más hacia la cima del hombre nuevo, el hombre sabio.

lunes, 19 de noviembre de 2018

La soledad del poeta

Old man in sorrow (anciano en pena). 
Pintura de Vincent Van Gogh.


La soledad del poeta


De pronto, como un trazo fuerte y decidido del pincel sobre el lienzo, una sombra profundamente oscura se fue extendiendo desde el horizonte más lejano del alma de un poeta hasta convertirse en un sentimiento desgarrado por la insolente e insoportable soledad que se impone uno mismo. Allí, en su habitación de paredes desnudas, solo ante el mundo y ante sus propias debilidades humanas, fijó sus ojos en un punto intransigente de la nada. Pasaron los minutos, largos y lentos,  como en una proyección de sus días más remotos de la infancia y los instantes más tangibles de su presente quimérico.  Afuera la vida discurría en su rutina cotidiana haciendo malabares entre la opulencia de unos pocos y los sueños fracasados de las mayorías; también, afuera,  muchos tenían los ojos puestos en un punto intransigente de la nada. Para el poeta, lacerado por su versos, crucificado por sus sonetos y agredido por el hambre y un terrible desamor, la rutina no era más que un arco iris de grises muy fríos,  negros profundos, y rojos destilando sangre; era una llovizna espesa de sentimientos hechos lágrimas o un ligero grito ahogado en la garganta para no despertar al mundo más allá de su ventana.  ¡Él era consciente de eso, sensible a eso!
Esos largos minutos ardían en sus ojos, eran como el dolor de los cuerpos arrojados a la hoguera por la temible inquisición. Una angustia tenaz se apoderó de él y, de pronto, abriendo los ojos desmesuradamente, sintió la necesidad de respirar todo el aire que había olvidado llevar a sus pulmones y lo hizo al mismo tiempo que, casi desmadejado,  se abalanzaba sobre una hoja de papel en blanco y tomando un lápiz dejó escapar unas lágrimas de su alma, el dolor lo consumía y el mundo perdía su color...
El poeta dejó que su mano dibujara unas letras que tenían la fluidez de una cascada en su caída vertiginosa y el sentimiento de todos los fracasos como un cúmulo maldito de sus años de soñador con los pies más allá de la mismísima tierra. El poeta escribió:

He dibujado un trozo de mi vida
torturado en la cruz de la ilusión,
en el tormento de un beso en el olvido,
en el desangre de las horas que jamás viví.
Me he permitido el viaje de las sombras,
desteñir el arco iris después de la lluvia,
postergar el amor necesitado de pasión,
acumular tormentas seculares,
beber la sangre de las heridas terrenales.
He plegado las alas para burlar el viento,
he soslayado el rostro de la felicidad,
me he abatido en el largo invierno de tu ausencia,
he quedado mudo en el umbral de las palabras.
He intentado detener el alud de las blasfemias,
he sido roca dura castigada por las olas,
un mortal cruzando la esquina de los dogmas,
el fuego eterno devorándose a si mismo.

El fuego eterno devorándose a sí mismo...sí, ese fuego eterno le acompañó siempre, le quemó las entrañas y le hizo arrojar por la boca las porquerías del mundo que sus ojos sensibles habían visto; el poeta, con los ojos sin brillo, se fue doblando hasta que su cuerpo estremeció la dureza del  piso de esa habitación de paredes blancas con olor a clínica psiquiátrica; no hubo poesía en ese acto bárbaro en donde la vida deja de ser primavera para escapar de la pobreza de la carne. ¡Tal vez , poeta, después de la muerte tus versos te lleven a la eternidad!


Gustavo Figueroa Velásquez
©

Horacio Guarany (Argentina) - Si se calla el cantór.