Old man in sorrow (anciano en pena).
Pintura de Vincent Van Gogh.
La soledad del poeta
De pronto, como un trazo fuerte y decidido del pincel sobre el lienzo, una
sombra profundamente oscura se fue extendiendo desde el horizonte más lejano
del alma de un poeta hasta convertirse en un sentimiento desgarrado por la
insolente e insoportable soledad que se impone uno mismo. Allí, en su
habitación de paredes desnudas, solo ante el mundo y ante sus propias
debilidades humanas, fijó sus ojos en un punto intransigente de la nada.
Pasaron los minutos, largos y lentos,
como en una proyección de sus días más remotos de la infancia y los
instantes más tangibles de su presente quimérico. Afuera la vida discurría en su rutina
cotidiana haciendo malabares entre la opulencia de unos pocos y los sueños
fracasados de las mayorías; también, afuera,
muchos tenían los ojos puestos en un punto intransigente de la nada. Para
el poeta, lacerado por su versos, crucificado por sus sonetos y agredido por el
hambre y un terrible desamor, la rutina no era más que un arco iris de grises
muy fríos, negros profundos, y rojos
destilando sangre; era una llovizna espesa de sentimientos hechos lágrimas o un
ligero grito ahogado en la garganta para no despertar al mundo más allá de su
ventana. ¡Él era consciente de eso,
sensible a eso!
Esos largos minutos ardían en sus ojos, eran como el dolor de los cuerpos
arrojados a la hoguera por la temible inquisición. Una angustia tenaz se
apoderó de él y, de pronto, abriendo los ojos desmesuradamente, sintió la
necesidad de respirar todo el aire que había olvidado llevar a sus pulmones y
lo hizo al mismo tiempo que, casi desmadejado,
se abalanzaba sobre una hoja de papel en blanco y tomando un lápiz dejó
escapar unas lágrimas de su alma, el dolor lo consumía y el mundo perdía su
color...
El poeta dejó que su mano dibujara unas letras que tenían la fluidez de una
cascada en su caída vertiginosa y el sentimiento de todos los fracasos como un
cúmulo maldito de sus años de soñador con los pies más allá de la mismísima
tierra. El poeta escribió:
He dibujado un trozo de mi vida
torturado en la cruz de la ilusión,
en el tormento de un beso en el olvido,
en el desangre de las horas que jamás
viví.
Me he permitido el viaje de las sombras,
desteñir el arco iris después de la
lluvia,
postergar el amor necesitado de pasión,
acumular tormentas seculares,
beber la sangre de las heridas terrenales.
He plegado las alas para burlar el viento,
he soslayado el rostro de la felicidad,
me he abatido en el largo invierno de tu
ausencia,
he quedado mudo en el umbral de las
palabras.
He intentado detener el alud de las
blasfemias,
he sido roca dura castigada por las olas,
un mortal cruzando la esquina de los
dogmas,
el fuego eterno devorándose a si mismo.
El fuego eterno devorándose a sí mismo...sí, ese fuego eterno le acompañó
siempre, le quemó las entrañas y le hizo arrojar por la boca las porquerías del
mundo que sus ojos sensibles habían visto; el poeta, con los ojos sin brillo,
se fue doblando hasta que su cuerpo estremeció la dureza del piso de esa habitación de paredes blancas con
olor a clínica psiquiátrica; no hubo poesía en ese acto bárbaro en donde la
vida deja de ser primavera para escapar de la pobreza de la carne. ¡Tal vez ,
poeta, después de la muerte tus versos te lleven a la eternidad!
Gustavo Figueroa Velásquez
©
Horacio Guarany (Argentina) - Si se calla el cantór.
